Sea bueno. Es obligatorio

Procesos en los que mediante la progresiva eliminación de derechos individuales en favor de privilegios para los clientes de los administradores de “lo bueno” y la persecución de la excelencia mediante la fiscalización del éxito productivo conducen inexorablemente al empobrecimiento económico y moral de todos.

Ignoro si usted se pregunta alguna vez sobre la esencia de “lo bueno”. Su definición, su significado, sus implicaciones. A poco que nos detengamos a pensar, nos damos cuenta de que vivimos la mayor parte del tiempo sin salir de los parámetros que nuestro entorno y nuestra época consagran como aceptables y que solo de vez en cuando, hacemos algo -activa y voluntariamente- que consideramos “bueno”. Y si le damos un repaso a la historia caemos en la cuenta de que, ¡sorpresa!, lo “bueno” no siempre ha sido lo mismo.

La diversidad de conceptos éticos que nos han regalado los últimos miles de años no debe llevarnos a engaño. La mayoría son incapaces de prescindir, en mayor o menor medida, de ideas fuerza procedentes de la metafísica o la religión. Por lo general, y hasta principios el siglo XIX, la ética siempre se construye en referencia a una razón enraizada en principios teo-metafísicos, a lo que los antiguos llamaban «logos» o «nuus». El Hombre toma parte de la deidad, de forma que, si se cultiva, termina por comprender y representar las leyes del «Ser Supremo». La consecuencia es que durante muchos siglos se identificase «Razón» (actuar de forma razonable) con las buenas costumbres morales, se considerase la «educación en la razón» como mandamiento moral. Ocurre que la delimitación de lo que era «razonable» o no en el seno de una sociedad determinada, terminaba por depender siempre de quién tenía las riendas del poder.

Nuestra evolución está enmarcada en la lucha continua entre “el bien” y “el mal”, está dirigida por arrebatos de voluntad y libre albedrío y es una sucesión de errores y aciertos, de aprendidos y desaprendidos que nos ha traído hasta lo que somos hoy. Para más INRI, la mayoría de los conceptos de “bien” y “mal” ente los que se debatía nuestro quehacer diario no han permanecido idénticos en todo ese tiempo.

YA NO BASTA CON DEFINIR LAS REGLAS DEL ESPACIO PÚBLICO PARA EVITAR CONFLICTOS, ES NECESARIO INTERVENIR TAMBIÉN EN EL ESPACIO PRIVADO DE CADA UNO DE NOSOTROS, IGNORANTES COMO SOMOS DE LO QUE ES “EL BIEN” O “EL MAL

El caso es que, hasta hace muy poco, el proceso de selección de lo bueno y lo malo era mayoritariamente un proceso experiencial: las personas hacían cosas, estas tenían consecuencias y se juzgaban como buenas o malas. De ahí nacía una costumbre y de la costumbre una norma. Digo que esto era mayoritariamente así porque no olvido la injerencia de las creencias en el diseño de lo “normativo”.  Nos guste o no, nuestras supersticiones, basadas en lo que desconocemos, y nuestros miedos, fundamentados en nuestro afán de supervivencia, han sido manejados con éxito por chamanes, sacerdotes, potentados, reyes y reyezuelos para introducir poco a poco estructuras de poder con capacidad de imponer un determinado sistema normativo y de ideas.

Todo rey y todo profeta han sabido utilizar en su favor las deficiencias de sus súbditos/fieles para lograr sus propósitos personales. Y no podemos olvidar entonces que sus propósitos personales siempre encarnan y plasman el bien. Esta es una constante que no ha variado, curiosamente, desde que hemos bajado de los árboles. ¿Se imaginan a un Adolf Hitler ganando unas elecciones con la consigna “vamos a exterminar a 6 millones de judíos”? Obviamente no, la consigna era “somos los mejores, y no debemos soportar la pobreza infecciosa que nos llega de fuera”. La consigna era “vamos a construir juntos un nuevo mundo en el que los germanos seamos felices”. Cosas “buenas”. Objetivos basados en la experiencia de la mayoría de los alemanes, en aquel entonces con la derrota de la primera guerra mundial en las retinas y el paro y el hambre en las barrigas. Cualquier cambio en esa situación tenía que ser, debía ser “bueno”.

En los últimos decenios asistimos a un cambio de paradigma. De un cuerpo normativo mayoritariamente experiencial estamos pasando a un cuerpo normativo mayoritariamente preventivo, educativo y terapéutico. Ya no basta con limitar las acciones que se saben “malas”, es necesario prevenir también todas aquellas acciones que creemos podrían llegar a serlo. Ya no basta con definir las reglas del espacio público para evitar conflictos, es necesario intervenir también en el espacio privado de cada uno de nosotros, ignorantes como somos de lo que es “el bien” o “el mal”. A la arrogancia denunciada por Hayek:

Para que el hombre no haga más mal que bien en sus esfuerzos por mejorar el orden social, deberá aprender que aquí, como en todos los demás campos donde prevalece la complejidad esencial organizada, no puede adquirir todo el conocimiento que permitirá el dominio de los acontecimientos.

(La pretensión del conocimiento)

Se suma la superstición, base y fundamento de todos los principios de superioridad moral autoasignada. Circunstancia esta que nos acompaña desde la aparición del primer “sumo sacerdote” como asesor del jefe de la tribu, por cierto. En una sociedad como la nuestra, enormemente compleja y global, los instintos de supervivencia nos arrojan al abismo de la búsqueda incesante de “gentes de bien que piensan como yo” sintiéndonos en nuestra caída acompañados y protegidos por esa masa de “gente” con la que nos identificamos.

No es que “la gente” no tenga criterio o que todos seamos unos ignorantes (que, por cierto, sí lo somos, en casi todo), ocurre que milenios de condicionamiento en lo social (lo que en general no es “malo”) nos impiden distinguir entre lo que es bueno para mí -opción perfectamente legítima- y lo que es bueno para todos -algo que, sinceramente, no existe, pues cada uno tiene su propio concepto de “lo bueno”-. Perdidos en esa falta de resolución hemos optado por la adopción de unas creencias que no nos incomodan, que nos hacen sentir bien. Y lo lógico es que TODOS participen de mi “felicidad”. Convertimos así “lo que creemos bueno” en obligatorio.

Es el camino equivocado, en el que serán asaltados innumerables genios desconocidos, que se verán privados de las herramientas que necesitan para innovar y crear valor añadido. Es el camino más corto a la decadencia más absoluta, porque en la redundancia de creencias nunca se encuentran la verdad, el progreso y la felicidad.

Es el camino a través del cual el individuo queda situado en una especie de comunidad fantasma, agrupado bajo un concepto ético-administrativo vacío de significado en el que pasa a ser denominado “ciudadano” y del que no se espera nada más que el cumplimiento de sus funciones como “contribuyente”, “votante” … o “recluta” si fuera necesario.

Si la productividad de un “ciudadano” llegase a sobrepasar la media establecida arbitrariamente por los administradores, lejos de recibir reconocimiento y agradecimiento por parte de sus «conciudadanos» o administradores, se expone a la envidia y la reprobación …. y a un aumento de la presión fiscal sobre su productividad. Mayor presión fiscal cuyos resultados se utilizan para financiar un gigantesco aparato estatal diseñado para controlar y regular su existencia, su forma de vida y … su productividad.

En realidad, no estamos hablando de procesos de socialización, hablamos de procesos de socialismo. Procesos en los que mediante la progresiva eliminación de derechos individuales en favor de privilegios para los clientes de los administradores de “lo bueno” y la persecución de la excelencia mediante la fiscalización del éxito productivo conducen inexorablemente al empobrecimiento económico y moral de todos. Los mendigos son mal vistos, porque ya reciben suficiente ayuda social. Los emprendedores son sospechosos de abusar de sus empleados, siempre. Los ricos son la causa de la desigualdad y la pobreza. Los grupos disidentes son difamados. Quien pretende ayudar fuera de las estructuras estatales será considerado delincuente.

Bajo la máscara de la protección del clima, los animales, los consumidores, los trabajadores, los homosexuales o cualquier otra minoría que haya logrado el sello de “víctima” y con el folletín de unos supuestos derechos humanos en la mano, los diseñadores sociales, esa élite que nos gobierna, han logrado cuotas insospechadas de poder. Especialmente en las escuelas.

Como en todos los sistemas basados en la indoctrinación de sus ciudadanos, estamos asistiendo a la pérdida de rendimiento y creatividad. El esfuerzo y la excelencia ya no son requisitos para el éxito escolar. La universidad ya no es el vivero de ideas nuevas que fue en su día, sino el “safe space” desde el que se postulan y defienden las doctrinas de las élites del momento, censurando sin decoro todo lo que suene a disidencia.

Cada vez nos parecemos más a los elefantes del circo: adiestrados para gustar y buscar el aplauso haciendo aquello que no nos es natural.

Esta columna se publicó originalmente en la revista Disidentia.

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Luis I. Gómez
Si conseguimos actuar, pensar, sentir y querer ser quien soñamos ser habremos dado el primer paso de nuestra personal “guerra de autodeterminación”. Por esto es importante ser uno mismo quien cuide y atienda las propias necesidades. No limitarse a sentir los beneficios de la libertad, sino llenar los días de gestos que nos permitan experimentarla con otras personas.
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