Una de gatos

El jardín está lleno de gatos gordos y perezosos. No siempre fue así. Aún recuerdo los tiempos en que para ver un gato era necesario esconderse varias horas tras unos matorrales, inmóvil y en silencio. Los gatos aparecían al atardecer, aprovechando la brisa vespertina que limpiaba el aire para así mejor olfatear a sus presas, muchas de ellas aún desperezándose tras un día de calor y todas ocupadas en una sola labor: buscar comida y no ser comido. Con parsimonia felina y elegancia sin par los gatos acechaban a cuanto roedor osase abandonar el abrigo de la fronda. Un salto y …zas! la cena estaba asegurada.

Ni que decir tiene que la vida gatuna no era sencilla. Sus gráciles saltos no siempre resultaban en comida y la miríada de mustélidos, halcones, zorros y otros competidores obligaba a estar siempre en busca de nuevos territorios de caza. Como me decía un día el más tarde famoso Gato con Botas, la vida era dura, pero también llena de satisfacciones y aventuras. Cuántos bosques y caminos no habrán visto mis ojos, recordaba con la mirada perdida y el gesto amable. Y con un guiño pícaro añadía: … y cuántas gatas!

Una tarde de otoño uno de los gatos que peor fortuna había tenido en sus cacerías, maullaba famélico, casi anunciando su muerte, tras unas matas de roble bajo. Por allí pasaba don Leonardo, un gato muy listo que ya había mostrado dotes de dirección y mando cuando la guerra con las musarañas, de tan amargo recuerdo. Y por alguna razón inexplicable, Leonardo decidió darle un trozo de sabroso ratón a nuestro hambriento maullador. La noticia corrió como la pólvora y todos alababan la generosidad de don Leonardo. A tal punto llegó la cosa, que cada vez eran más los gatos con presa que la compartían con  los menos afortunados. De esta guisa, si algún gato no cazaba hoy, la probabilidad de que otro le cediese parte de su roedor favorito era bastante alta. No era necesario sentirse mal por ello pues no iban a faltar los días en que la dádiva tomase el sentido opuesto. Cada vez morían menos gatos de inanición, lo cual era bueno. Pero cada vez había más gatos, lo cual no significaba necesariamente que hubiese más ratones. Seguían muriendo gatos de hambre.

Fué doña Missi quien dió con la solución. De casualidad. Una mañana, paseando su palmito por un muro musgoso, vió cómo dos gatos pelirrojos escarbaban afanosos en la campa vecina. Sacaban de su zulo unos cuantos hermosos ejemplares de ardilla común, se “desayunaban” uno cada uno y volvían a enterrar el resto. No compartían! pensó horrorizada doña Missi y, ni corta ni perezosa, no tardó en amargar con sus acusaciones el festín de sus congéneres.  de nada sirvió que los pelirrojos le explicasen que, debido a su color, en otoño hacían muchas presas y que, aunque entregaban generosamente parte de su botín a algún desafortunado casi a diario, se veían obligados a guardar el resto para prevenir días peores… además estaban  la familia y esas cosas.

Egoístas! penso doña Missi para sus adentros. En cuestión de semanas, a pesar de la oposición de don Leonardo y algunos otros elementos asociales, el consejo gatuno promulgó un edicto por el que todos los gatos estaban obligados a donar la tercera parte de su caza para socorrer a los necesitados. No tuvo que pasar mucho tiempo para que se hiciese necesario un grupo de aguerridos cazadores que protegiesen y distribuyesen la comida encautada. Como estos no podían cazar, ocupados en superiores menesteres, hubo que alimentaslos a diario, a costa de un pequeño aumento en la cantidad de carne a “donar”. La mitad.

Cada vez había más gatos. Cada vez menos ratones, ardillas, ranas, … Cada vez era más grande el depósito de viandas y mayor el número de vigilantes y distribuidores … que no cazaban. Y ocurrió lo que tenía que ocurrir. Con el hambre llegó la muerte, con  la muerte la infelicidad y con la infelicidad la delincuencia. Robos al depósito, atracos a cazadores despistados. Ni las propias presas, ni la propia piel estaban ya seguras de los famélicos congéneres.

El consejo se encontraba en una situación límite. Sin salida. Desesperada… hasta que llegó Marilú. Tomó un gatito -que la miraba horrorizado- entre sus manos y le dijo a su papá: me lo puedo quedar? El papá sonrió complaciente mientras decía: sí, pero que no se entere tu madre.

La moda del milenio! Los humanos recogiendo gatitos del monte y dándoles … de comer! El consejo gatuno, tras unos primeros momentos reticentes, pasó a recomendar a todos los gatos una alianza con los humanos: les entregamos el bosque a cambio de comida y seguridad.

Hoy el jardín está lleno de gatos gordos y perezosos.

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Luis I. Gómez
Si conseguimos actuar, pensar, sentir y querer ser quien soñamos ser habremos dado el primer paso de nuestra personal “guerra de autodeterminación”. Por esto es importante ser uno mismo quien cuide y atienda las propias necesidades. No limitarse a sentir los beneficios de la libertad, sino llenar los días de gestos que nos permitan experimentarla con otras personas.
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6 comentarios

  1. Es difícil encontrar como ponérselo fácil al potencial receptor del mensaje. Pero es el único camino. Las sesudas demostraciones de erudición (i.e. pajas mentales) pueden quedar muy decorativas encima de un pedestal pero no conducen a nada útil.

    Nota: Por cierto, de acuerdo con jahd en lo de los gatos. En cualquier obra industrial los montadores eléctricos procuran alimentar a los gatos de los alrededores para que espanten a las ratas (que tienen la peligrosa manía de roer los cables) y es mucho más efectivo que los raticidas.

  2. Germánico, la alegoría está bien, pero llega hasta donde llega, y es que los gatos no son personas. Y décadas conviviendo con gatos me han enseñado que por gordo y bien alimentado que esté, el gato es un cazador, y aunque no se coma a la rata el instinto le mueve a darle caza y jugar con ella. Simplemente no puede evitarlo. Garfield es un entrañable personaje cómico, no un gato real.

    • Luis I. Gómez
      Luis I. Gómez

      Estimado Jahd, todas las alegorías tiene sus limitaciones. De todas formas, espero que el mensaje principal se salve 😉
      No insinuarás que hemos perdido hasta nuestros propios instintos, verdad?

      Llevo muchos meses dándole vueltas a la cabeza a un tema: por qué no somos capaces de trasladar el mensaje liberal a la gente? Creo haber encontrado una respuesta, pero no una solución. No lo logramos porque nos perdemos en erudiciones incomprensibles. La gente tiene otro lenguaje, la gente entiende mejor historias que conceptos.
      No he dado con la solución, pero la estoy buscando. Lenguaje más llano, menos citas eruditas, más referirse a lo que realmente interesa en el día a día.

      El arte de la parábola no es fácil. El de comunicar bien más duro aún.

  3. Es una buena alegoría.

    En mi urbanización hay un problema con las ratas. Parece que desde que a los gatos les alimentan bienintencionadas abuelitas se pasan los días ronroneando al sol mientras las ratas se pasean por donde no deben, sin temor a ser cazadas.

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